dimecres, 7 de novembre de 2012

Relats de Terror

Gràcies a l'atreviment dels alumnes de 4º dESO, que van llegir "EL CORAZON DELATOR" de E. A. Poe posant el cor, el fetge i el tamboret, va eixir endavant l'activitat "RELATS DE TERROR".
Des de la Biblioteca valorem positivament el resultat d'aquesta lectura colectiva, que va anar acompanyada per una decoració aterradora, una música inquietant i un vestuari mortífer.
A més a més Lola, amb la seua capacitat d'interpretació, va captar l'atenció del nombrós públic, amb el relat "LAURA" (de la seua garbera).

Contes de terror

Gràcies a tots: als fotògrafs, decoradors, assistents en general, i a tots els qui van posar el seu "granet " de sorra. L'any que ve farem tot el possible perquè surta tot igual o millor encara de bé. Si hi ha un grupet d'alumnes que estiga interessat en aquesta activitat, igual es podria fer al Saló d'actes. Què us sembla?
Toñi

dimecres, 17 d’octubre de 2012

Vítaka: inauguració del club

Ahir, 16 d'octubre, vam inaugurar el club de lectura d'enguany.

Vam comptar amb la presència del director de la biblioteca Municipal, Josep Lluís Santonja, i de l'escriptora alcoiana Rosanna Ferre, que ens va parlar sobre el seu darrer llibre "Las tierras de Vítaka" (escrit en col·laboració dels seus propis fills) i va encetar un profistòs diàleg amb els alumnes assistents sobre la necessitat, si no obligació, que tots tenim d'esforçar-nos per fer realitat els nostres somnis.



Només ens resta agraïr als professors que hi van col·laborar, als alumnes per la vostra curiositat i implicació, a Josep Lluís Santonja pel recolzament de l'acte i al nostre projecte un any més, malgrat retallades, i a Rosanna per compartir el seu somni. 



Toñi i Santi

dimarts, 19 de juny de 2012

LA TRISTE ELVIRA


La triste Elvira

Hace mucho tiempo, cuando las pocas ciudades de Al-Ándalus que aún seguían bajo dominio árabe eran Granada y algunas más, una bella joven, llamada Elvira, luchaba por sacar adelante a su familia. El paso de los años ya pesaba sobre la salud de sus padres y ella se hacía cargo de las tareas diarias, era muy difícil para ellos salir con el ganado a pastar en las frías y nevadas montañas de Sierra Nevada.

Elvira era la mayor de 4 hermanos, vivía junto a su familia en un pequeño caserío hecho de piedra y madera, tenía un salón no muy grande, el cual albergaba una pequeña cocina en uno de sus rincones. En el centro del salón se encontraba una vieja mesa hecha con trozos de maderas rodeada de unas cuantas sillas. La casa sólo tenía dos pequeñas alcobas, en una de ellas dormían los padres de Elvira y ella junto a sus tres hermanos ocupaban la otra. Desde su habitación podía ver las montañas nevadas y respirar el aire fresco y puro cada mañana. Durante los largos y fríos inviernos la chimenea permanecía ardiendo día y noche, el frío en esta zona de Granada era difícil de soportar en los días más duros.

Cada mañana Elvira se levantaba temprano, sin hacer apenas ruido para no despertar a sus hermanos ni al resto de su familia. Se vestía con sus viejas ropas y salía a ordeñar a las vacas para que cuando sus hermanos se despertasen pudieran tomar leche recién ordeñada para desayunar. También iba al corral para comprobar si las gallinas habían puesto algún huevo, les cambiaba la paja y les echaba comida.

Pero lo que más le gustaba hacer a Elvira era salir a pasturar con el rebaño de ovejas. Cuando llegaba la primavera los campos se cubrían de un verde precioso y ella salía cada mañana con su rebaño hasta los prados para que las ovejas se alimentaran. A la joven le había llamado la atención un general que había sido destinado ese invierno a su pueblo. Algunos días coincidían en el campo, el general, que se llamaba Ramón se había percatado de la belleza de Elvira. Era una joven de gran belleza que no tendría más de 21 años, sus cabellos eran largos y negros, su piel era blanca y aterciopelada, sus ojos eran marrones y Ramón se perdía en ellos cada vez que la miraba. Elvira también se había fijado en el joven general, su edad no superaba los 25 años, era alto, fuerte, de ojos verdes con un buen futuro por delante. Tenía bajo sus órdenes a un grupo de soldados que le obedecían.

Una mañana soleada de abril, cuando Elvira descansaba en un prado mientras el ganado pasturaba llegó Ramón montado a caballo, al verla se quedó prendado: ella estaba ahí tumbada mientras la brisa del sol acariciaba su rostro, jugando con un mechón de sus cabellos pensando que nadie la observaba. El joven bajó de su caballo y lo dejó atado a la rama de un árbol, sigilosamente se acercó a Elvira y siguió mirándola, era como un ángel, indescriptible… Ramón pisó una rama seca el ruido sobresaltó a la joven muchacha que se asustó al ver al general tan cerca de ella.

  • ¿Qué está haciendo usted aquí? – preguntó Elvira un poco nerviosa.
  • Nada, sólo le miraba mientras descansa. – contestó el joven.
  • ¡Vaya susto me ha dado! ¿No tiene otra cosa que hacer que venir hasta aquí para asustarme?
  • Discúlpeme señorita, esa no era mi intención. Iba con mi caballo comprobando que todo estaba bien cuando la vi aquí tumbada, su belleza me ha cautivado y no he podido evitar acerarme para observarla. De nuevo le pido disculpas.

Elvira, ante la educación del joven general se ruborizó y le dijo que no pasaba nada, que se asustó al verlo tan cerca y le invitó a sentarse a su lado para descansar. Ramón le respondió que estaba encantado con la invitación y aceptó sentarse un rato para descansar.

Hablaron del precioso día que hacía. A Ramón le sorprendía que una joven tan bella como ella saliera sola a pasturar con los animales por la montaña, las tropas árabes estaban cerca de la zona y si la encontraban seguramente la hicieran prisionera para llevársela como esclava. Los jóvenes charlaron animadamente durante un largo rato, era como si ya se conocieran de antes, a ambos le resultaba familiar el otro y pronto empezaron a despertar los sentimientos en los corazones de Ramón y de Elvira.

Desde ese día, la muchacha salía muy feliz con su ganado rumbo a los prados para poder encontrarse con quien le había robado el corazón. Del mismo modo Ramón, procuraba ir cada día a su d encuentro con Elvira. Los jóvenes se amaban, se habían enamorado, deseaban verse y saber del otro y para ello debían ir hasta los prados. Nadie sabía de sus encuentros y mucho menos de su amor. Era inaceptable que una campesina pudiera casarse con un general de la categoría de Ramón, por ese motivo decidieron llevar su relación en secreto.

Las tropas árabes estaban cada vez cerca del pueblo de los jóvenes, era muy arriesgado salir con el rebaño, pero Elvira era muy valiente y no tenía miedo, era fiel a su cita con Ramón. Un día, mientras la joven pareja disfrutaba del sol de esa mañana, un soldado que estaba bajo las órdenes del general acudió dónde estaban los jóvenes para advertirle que habían sido atacados por las tropas enemigas y reclamaban su presencia en la batalla. Elvira le pidió que no fuera, que se quedara con ella, tenía miedo de que algo malo pudiera pasarle. No quería perderle. Insistió mucho en que no se marchase a la batalla, pero el orgullo de Ramón se sintió cuestionado por Elvira ante su soldado y decidió marcharse a luchar. Debía obedecer las órdenes y luchar. La joven rompió a llorar ya que no puedo hacer nada para evitar que su amado se marchase, se sentía dolida y estaba muy preocupada, las tropas árabes eran muy crueles y sanguinarias, temía no volver a ver a su amado. Rápidamente reunió su rebaño de ovejas y puso rumbo a casa, debía poner a salvo a los animales y a ella misma.

Al cabo de unas horas, el mismo soldado que fue en busca de Ramón para avisarle del ataque fue a buscar a Elvira a su casa. Su uniforme estaba manchado con sangre, el soldado mostraba algunas heridas pero su vida no corría peligro. Le contó a Elvira que Ramón había sido herido por los árabes. La muchacha se puso muy nerviosa y empezó a temblar, pero le pidió al soldado que la llevara junto a su amado. La montó en su caballo y galoparon hasta la zona donde se había librado la batalla, había hombres de ambos bandos heridos por todas partes, algunos de ellos ya habían muerto. El soldado no sabía exactamente donde se encontraba Ramón, Elvira se bajó del caballo de un salto, aquel paisaje era terrible, se temía que Ramón hubiera muerto. Estaba tan nerviosa que no sabía hacia donde dirigirse, empezó a andar por el bosque, había sangre por el suelo, algunos caballos también habían muerto en aquella batalla.

Vio a lo lejos el cuerpo de un hombre entre unos matorrales, algo le dijo a su corazón que se trataba de su amado. ¡Ramón! grito la joven y corrió hasta él, apartó las ramas y ahí estaba el joven general, una flecha había atravesado su garganta, estaba cubierto de sangre, se acercó a él y aún seguía con vida. No podía moverse por que con cada movimiento se desgarraban los tejidos de su garganta, tampoco podía hablar. Cuando Elvira vio la gravedad de la herida, rápidamente comprendió que Ramón moriría y no tardaría mucho. Se agachó a su lado, le cogió la cabeza y la puso sobre su regazo, Elvira no podía articular ninguna palabra. Tan solo le miraba y le acariciaba la cara, sus miradas lo decían todo, aquello era una despedida, una triste despedida, pero se amaban y esas miradas desprendían amor. Poco a poco el corazón de Ramón dejó de latir, Elvira lo abrazaba muy fuerte como si con sus abrazos pudiera evitar que se fuera, pero finalmente Ramón murió.

El dolor de la joven era inconsolable, no podía dejar de pensar en la mirada de Ramón, en sus besos y en sus caricias. La tristeza se instaló en la mirada de Elvira y nada le hacía sonreír, había perdido las ganas de vivir, la ilusión por la vida. Pero debía cuidar de su familia y no podía rendirse, tenía que luchar cada día para poder realizar sus tareas y quehaceres diarios.

Las tropas enemigas acudían regularmente a cobrar los impuestos, pero la familia de Elvira era muy pobre y no podían hacer frente a los elevados pagos que les exigían. Si no pagaban serían ejecutados todos los miembros de la familia. Los padres de Elvira no sabían qué hacer, estaban al borde de la desesperación, pero la joven les dijo que no se preocuparan, que había encontrado el modo de saldar la deuda que tenían con el sultán: se ofrecería como esclava.

Sus hermanos ya eran mayores y podían hacerse cargo del cuidado de los animales y de la casa, ella no tenía ganas de vivir y había tomado esa decisión, nada le haría cambiar la forma de pensar, ya estaba decidido y a la mañana siguiente acudiría a la plaza del pueblo para entregarse. Sus padres eran un mar de lágrimas, no querían perder a su hija, pero no había otra solución, ya que si no pagaban su deuda morirían todos.

Ya había llegado el temido momento, Elvira se peinó sus negros cabellos, se puso sus mejores ropas, preparó algunos objetos personales, puso rumbo al pueblo y se entregó a las tropas. Ese mismo día el sultán estaba visitando el pueblo y vio a Elvira entre el grupo de esclavas. Los ojos de la joven eran tan negros y brillantes que hicieron saltar chispas de fuego en el corazón del sultán. Tanto ardor sintió dentro de si que bajó de su caballo, apartando a la muchedumbre se acercó a ella y le preguntó:

  • ¿Quién eres, mujer? ¿Cómo te llamas?
  • Elvira, mi señor.
  • ¿Y qué hace una joven tan bella entre un grupo de esclavas?
  • Servirle, mi señor.

Así fue como Elvira se convirtió en la favorita del sultán y se convirtió en una de sus concubinas, era su favorita. Al llegar al palacio la vistió con hermosas telas traídas de tierras lejanas, la agasajó con valiosas joyas de incalculable valor, le regaló perfumes y adornos pasa su pelo. El sultán quería sorprenderla con todos esos regalos, quería que la joven se sintiera contenta y ganarse su amor y admiración.

Elvira era la única concubina cristiana, esto disgustó muchísimo a las otras mujeres del sultán, todas eran de origen árabe, venidas de muy lejos. Ninguna de ellas mostraba simpatía por la joven, ni siquiera se molestaban en hablarle. Así pasaron los días, las semanas y los meses, Elvira seguía siendo rechazada por ser cristiana. No hubo ni un solo día en que no pensara en su amado Ramón, ella sabía que jamás sería capaz de amar a ningún otro hombre, al menos del mismo modo en que amaba a Ramón.

Su tristeza crecía cada día, nada la hacía sonreír, añoraba a su familia, sus animales, sus montañas y su joven amado. El sultán se percató de la tristeza de su mirada y un día se acercó a ella y le preguntó:

  • ¿Qué te ocurre, mi amor?, dime lo que te falta y yo lo traeré.
  • Ni con todo tu imperio y tu poder podrías conseguir lo que yo quiero- respondía Elvira llena de melancolía.

Pensativa, recordaba los lugares de su infancia y el manto de nieve que cubría las montañas cuando llegaba el invierno. El sultán ya no sabía qué hacer para verla feliz, cada día la joven entristecía más. La añoranza de su amado y el rechazo del resto de concubinas estaba apagando su mirada, no soportaba aquella dura situación y la idea de quitarse la vida había rondado varias veces por su cabeza.

Nada se pudo hacer para evitar que Elvira fuera en busca de su amado Ramón.


Virginia Lloréns

dilluns, 18 de juny de 2012

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AÑOS LOCOS


Acordes de jazz ahogados, un charlestón animado que contrastaba con la desvaída escena de la que era banda sonora. El rostro de Marcel parecía alargarse, mientras su mirada vacía se perdía en algún lugar del horizonte roto por azoteas y chimeneas, al tiempo que el sol amanecía sobre París. El hombre permanecía inmóvil, tal vez pensaba o tal vez soñaba despierto. Si no fuera por el mecánico movimiento de su muñeca que removía con una cucharilla oxidada el té frío de limón, podría haber sido una adecuada réplica de Le penseur, de Rodin. Marcel cambió de expresión sólo cuando la puerta de la buhardilla chirrió, dejando entrar a un hombre, alto y de apariencia joven, que llevaba a un alegre Beagle sujeto por una correa. El perro se adelantó a su amo y fue a refregarse en las piernas de Marcel.
-Hola, Quentin, amigo.- una sonrisa triste se dibujó en la cara de Marcel, al tiempo que se levantaba de la silla junto a la ventana, desde la cual había estado contemplando la ciudad.- Elliot.
Los dos hombres encajaron las manos a modo de saludo. Elliot era un hombre alto, bien vestido y bastante agraciado. El pelo corto y castaño peinado hacia atrás con brillantina, sin bigote ni perilla; unas cejas finas enmarcaban su mirada sagaz de ojos negros, separados por una nariz un tanto aguileña pero discreta, que daba paso a una boca de labios delgados que a menudo formaban medias lunas blanquísimas. Aquella mañana, como de costumbre, vestía una camisa de algodón blanca, chaleco corto gris, pantalones rectos a conjunto del chaleco y con la parte inferior vuelta, mostrando los calcetines granate. Unos mocasines negros de charol y una chaqueta de traje corta, de talle alto, completaban la indumentaria de Elliot. Era un hombre alegre, excéntrico, con múltiples bromas e ironías en la punta de la lengua, optimista; encarnaba al modelo de joven de los años 20 que bailaba el charlestón, bebía whisky, se reunía con sus amigos en los bares de Montmartre y celebraba interminables fiestas que duraban hasta el amanecer.
-¡Buenos días Marcel! Venga hombre, los ánimos arriba. ¿Por qué esa cara tan larga?- Elliot estaba dispuesto a romper el silencio y la monotonía de la buhardilla de Marcel.- Te traigo el periódico de hoy, ¿lo has leído? ¡Claro que no! Lo acabo de comprar, la primera tirada del día, ¡noticias frescas! Aún huele a tinta, ¡huele!
Marcel se vio obligado a aspirar el olor a tinta del periódico que su amigo le acababa de estampar en la cara.
-¿Tanto te alegras por haber comprado el primer periódico del día?- inquirió, sarcástico, Marcel.
-No hombre, no. Lee el titular que viene en portada, ¡lee!
-“Se hace público el castigo para la nación alemana”- leyó Marcel en voz alta.
-¡Muy bien! ¿Ves amigo? Por fin esos desalmados tienen su merecido, les quitan las armas y les limitan las fuerzas militares. ¡Esto está cambiando, viene un mundo mejor, créeme!
-Buenas noticias me traes, Elliot...
-Buenísimas.-interrumpió el pianista, pues Elliot era pianista.
-Ya, pero ¿quieres saber por qué tengo esta cara tan larga?
-Lo sé, son las consecuencias de estar de fiesta en casa de Dimitri hasta las cinco de la mañana.- rio Elliot.
-Qué va, me fui tocada la medianoche. Es por Liz, se vuelve a Estados Unidos con su familia.
-Vaya... Ahora que vienen tiempos mejores se marcha.
-Claro, ese es justamente el motivo: ahora su padre ha montado una barbería, parece que todo les va bien allí también. Su madre ha abierto un taller de costura y quiere que Elizabeth esté con ella... En fin, que el amor de mi vida cogerá un tren esta tarde, luego embarcará en un transatlántico y ya no le veré más. ¿Qué te parece, amigo? Todos tan repentinamente eufóricos con el fin de la guerra y yo tan triste.- Marcel volvió a su silla junto a la ventana, adquiriendo un aire melancólico junto a su té frío de limón.
-Me parece que eres un exagerado, no digas que es el amor de tu vida, aún no has vivido bastante. Y si tanto la quieres, vete con ella. ¿Qué te retiene aquí?
-París es mi ciudad.- dijo simplemente Marcel.
-¡Buenísimos días a todo el mundo!- Henri, irrumpió en la estancia estruendosamente.
-Cállate loco, vas a despertar a Liz.-le reprendió Marcel.
-Lo siento, no sabía que estaba durmiendo.
-Yo no sabía que estaba aquí, ¿y si nos ha oído?- habló Elliot, ahora en susurros.
-Qué va, no te preocupes. ¿Qué haces aquí tan pronto, Henri?
-¡Acabo de terminar mi segunda obra maestra!- Henri volvió a alzar la voz sin darse cuenta. Él era pintor, fiel al nuevo movimiento surrealista.-Traigo huevos y café colombiano. Seguro que aún no habéis desayunado.-añadió fijándose en la solitaria taza de té que reposaba en el alféizar de la ventana.
-Enhorabuena, y haz el favor de bajar la voz...
-Ya no hace falta, ya podéis gritar como locos si queréis. Buenos días.- Liz salió de la pequeña habitación que les servía a Marcel y a ella de dormitorio, en el que un viejo colchón de trapo acunaba su sueño.
-Buenos días, seguro que te apetece una buena taza de café de Colombia, ¿verdad?- ofreció Henri y, sin esperar respuesta, puso la cafetera de émbolo al fuego.- Haré tortilla también. ¡Un buen desayuno augura siempre un gran día!
Los tres individuos tomaron asiento en unas esqueléticas sillas de madera y desayunaron sobre sus muslos, pues no había mesa alguna en la escueta buhardilla.
Aquella era la vivienda de Marcel y Liz, en el último piso de un edificio en la colina de Montmartre, aquella buhardilla con una habitación sin puerta y la estancia principal, de decoración minimalista pues las paredes de ladrillo rojo permanecían desnudas y la luz entraba por la única ventana sobre el alféizar de la cual se congelaba el té de limón que nadie bebería. Aparte de las cuatro sillas, estaba la tímida cocina compuesta de una encimera y fuego de gas; había un fregadero bajo un espejo circular que hacía las veces de tocador; y un diván de cuero desgastado, al que se le salían las entrañas. Finalmente, varios montones de papeles y cuartillas esparcidos en una esquina sobre el suelo, completaban el cuadro. Marcel era poeta. Henri y él formaban parte del grupo de bohemios con los que se juntaba Elliot, el pianista rico al que no le faltaba de nada en su piso de Montparnasse. De vez en cuando, Elliot se dedicaba a respaldar a sus amigos artistas, les patrocinaba y les prestaba dinero sin esperar que éste le fuese devuelto.
Al terminar de saborear el último sorbo de aquel café que les supo a gloria, Elliot se dispuso a marcharse:
-Bueno amigos, me voy a dar de comer a las palomas de Monceau.
-Espera, Elliot, me voy contigo. Me apetece pasear. -dijo, ante la sorpresa de Marcel, Liz.
-Pero pensaba que querrías pasar tu último día aquí conmigo, ¡es nuestro último día juntos! -Marcel se desesperaba ante la indiferencia de su novia frente a su inminente marcha.
-Hablas como si me fuese a morir, ¡qué dramáticos y exagerados sois los poetas! -se quejó ella-Además, me apetece pasear del brazo de un hombre elegante que sabe tratar a las damas como tal.-añadió con fingida coquetería, todos rieron excepto Marcel, que se tomó la broma muy en serio.
Cuando Liz estuvo lista para salir, adornada con sombra de ojos verde, las mejillas rosadas y los labios rojos, un vestido corto y una corona de reina flapper -las flappers eran chicas que llevaban un nuevo estilo de vida, con el pelo corto, maquillaje exagerado, que escuchaban y bailaban jazz, poco convencionales, propias de la década de 1920.- con forma de sombrero Cloche, Elliot, su perro Quentin, y ella salieron por la puerta. Siguiendo la cadena de bulevares parisinos, con eslabones como el boulevard de Clichy, el de Batignolles o el de Courcelles, llegaron al gran parque Monceau. El curioso trío entró en un escenario cuyo atrezo eran estanques, invernaderos, lujosos palacetes de estilo barroco, se trataba de un jardín rebosante de vida, de verde y de optimismo. Tomaron asiento en un banco junto a uno de los estanques y se limitaron a disfrutar del sol y del buen tiempo.
-¿Dónde están tus palomas, querido Elliot?
-Al ver que venía con una mujer tan bonita como tú, se han ofendido y no han querido salir de su hormiguero.
-¡Pero qué cosas dices!- rio Liz.
-Así que te marchas esta misma tarde, eh...-Elliot abordó el motivo que alargaba de manera preocupante la cara de su amigo.
-Sí, el tren sale a las cuatro.
-¿Estás segura de que quieres irte? ¿Abandonar ésta fiesta?- preguntó Elliot, refiriéndose a la ciudad de París.
-Sí, verás cuando recibí la noticia de que tenía que irme me sentí triste por Marcel, pero la verdad es que ahora cuento los minutos que me quedan para estar de vuelta con mi familia. Marcel ha perdido su magia para mí ¿entiendes? Ya no soy yo la musa que le inspira, ya no estamos tan enamorados como al principio y cada vez veo más imposible el sueño que tenía de formar una familia estable junto a él. Parece que tiene planeado ser bohemio toda la vida, ¿tú crees que así se puede llevar una vida estable? Cualquier día le cogerá una gripe fuerte y se morirá entre su montón de cuartillas y polvo.
-Entiendo, pero él me ha dicho hoy mismo que tú eres el amor de su vida...-sugirió Elliot.
-¡Y un cuerno! El amor de su vida es París y la poesía, y el vino barato últimamente. No nos engañemos, cuando llegué aquí antes de que empezara la guerra y le conocí, había algo entre nosotros, la chispa, ese amor de los primeros días. Ese amor enfermizo, todo risas, todo coqueteo, ese amor que no es amor. Pero con el tiempo, en una relación pueden ocurrir dos cosas: o que el enamoramiento ese que te digo se convierta en amar a la pareja y formar un proyecto de vida juntos; o que se vaya apagando la chispa, sin más, y ninguno de los dos sepa mantener la relación viva. En mi caso ha ocurrido lo segundo.
-Hablas como si fueras una experta en el amor o algo así. ¿Qué sabes tú de sentimientos, si no has pasado de los 30?
-Dime, ¿qué sabes tú?- replicó Liz.
-Que mi mejor amigo está al borde del suicidio.
-¡Venga ya! No exageres. Me olvidará en cuestión de meses y encontrará a otra. Nadie sabe nada de emociones ni de sentimientos, pero he intentado explicarte que ya no le quiero. ¡Eso es! ¡No le quiero! ¡No quiero a un pobre cuervo de buhardilla! Ya lo he dicho... Ya está. Eso es y punto.- Liz parecía satisfecha de haberse desahogado.- Se acabó.
-Bah, tienes razón.-ambos apartaron la vista, era triste aceptar cuando algo bueno se acaba.
-No le digas a Marcel esto, aunque no le quiera, le tengo cariño y no quisiera que se amargara más aún.- con esta conclusión deshicieron sus pasos y volvieron a Montmartre.
-¿Piensas despedirte de él?
-No, ¿podrías recoger mi maleta y dármela? No me apetece subir.- dijo Liz, la determinación que tenía momentos antes parecía haberse debilitado y era evidente que le causaba tristeza abandonar aquella vida.
Aquella noche, Henri, Marcel y Elliot fueron al Moulin Rouge y luego fueron a casa de Dimitri, su otro amigo escultor, que cerraba el grupo de bohemios. Frecuentaban su casa, no porque fuese lujosa o la mejor de todas, sino porque era un local bajo de un edificio cuyos vecinos gatunos no se quejaban de la música alta hasta el amanecer. Allí, Marcel tiñó sus penas de tonos burdeos. Vino de garrafón, un gramófono que andaba a trompicones sobre vinilos de King Oliver y algunas chicas que conocían los bohemios en sus noches de fiesta en fiesta, acompañaron a los chicos hasta altas horas de la madrugada.
Elliot le había comentado a Marcel la idea de trasladarse a su casa en Montparnasse, pues había espacio suficiente para ambos, y así Marcel se sentiría acompañado. Éste aceptó su invitación. Acordaron que, aunque compartían vivienda, eran independientes el uno del otro, así no habría conflictos. Elliot le dijo a Marcel que tenía total libertad para entrar y salir de casa cuando le viniese en gana. La única condición que le impuso, era que no podía quejarse si Elliot se pasaba la noche o el día entero tocando el piano.
Así, tras pasar algunas semanas, los primeros timbres de la sinfonía 9º de Beethoven despertaron a Marcel una mañana como otra cualquiera. El poeta siguió con sus poemas y el pianista salió a dar de comer a las palomas de Monceau. Todos los días, sin excepción, Elliot iba al parque con Quentin y se sentaba en un banco con alpiste y pasaba la mañana envuelto en plumas. Y, por las noches, el pianista se rodeaba de artistas, los Fitzgerald le invitaban a sus fiestas, y las risas etílicas se acompañaban de cualquier charlestón infinito.
Una tarde, Henri invitó a los bohemios a su casa diciéndoles que les tenía preparada una sorpresa. “Mi mejor cuadro, sin duda”, les había dicho. Así pues, Elliot se dirigió a la azotea de la rue Lepic en Montmartre en la que Henri plasmaba sobre lienzo sus delirios. Marcel fue con él, también Dimitri. Poco antes de que el sol cayese por completo, tres pares de ojos perdían la capacidad de parpadear ante una multitud de vedettes con rostros de animales exóticos que se sumergían en copas de champagne, mientras una banda de jazz compuesta de hormigas gigantes animaba el baño desde un segundo plano. Henri les mostraba, visiblemente contento, su obra más reciente.
-La técnica es limpia, no hay una pincelada de más y los límites de las figuras se marcan muy bien con los contrastes de sombra y luz.- apuntó Dimitri.
-Curioso.- se limitó a decir Marcel.
-¿Qué opinas tú Elliot?- inquirió Henri.
-Puede interpretarse como una caricatura de la noche parisina, tal vez.-respondió Elliot, sonriendo.
Así, improvisaron unos tentempiés en la misma terraza de la azotea que les sirvieron de cena. Durante la sobremesa charlaron sobre arte, sobre artistas emergentes, filosofaron sobre el paso del tiempo, el nombre de alguna Sophie se coló en la conversación y Henri se deshacía describiendo la obra de un surrealista español. Las doce campanadas de algún campanario pusieron fin a la reunión. A pie de calle, la lluvia recibió a Elliot y Marcel. La lluvia era fina por el momento, agradable al contacto con la piel seca. Las luces anaranjadas de los faroles se difuminaban tras la cortina de niebla baja, aunque no espesa, y la calle parecía una fotografía en tonos sepia.
-Ha sido interesante la tertulia de hoy, ¿eh?- empezó Marcel.
-Sí.- Elliot siguió caminando en silencio, meditando. Se oían gritos apagados y música que provenían, seguramente, de los bares que a aquellas horas empezaban a llenarse.
-Dime Marcel, ¿crees que el tiempo existe o es una ilusión?
-Existe.
-¿Por qué? ¿Qué pruebas tienes? Escucha, el tiempo es un concepto que inventó el ser humano en algún momento de la historia, para organizar su existencia. Si, al igual que cualquier concepto abstracto, ha sido pensado por el hombre, ¿no es en cierto modo una ilusión?
-Posiblemente, pero dependemos del tiempo: el tiempo rige nuestra rutina inevitablemente.- respondió Marcel.
-Lo sé. Es triste, visto así, no somos libres. Siempre tendremos el límite temporal.-reflexionó Elliot. Marcel asintió.
Siguieron su camino, la lluvia cobraba consistencia a cada paso. Las gotas resbalaban por el ala del sombrero de fieltro de Elliot y llegaban a las solapas de su chaqueta, donde empezaban su carrera hasta el suelo, deslizándose. La ropa gris era ahora de un negro brillante. La humedad hizo acto de presencia en sus cuerpos.
-No quiero morir. Pensar en el tiempo me hace pensar en la muerte.-dijo de repente Elliot.
-¿Te refieres a ser inmortal?
-No lo sé, me da miedo dejar de existir.- Elliot había dejado de ser un caballero para mostrar sus emociones.
-Eso es inevitable, querido amigo. Aunque no esté demostrado que vayas a morir, la experiencia apunta a que hay una alta probabilidad de que así suceda.-tras decir esto, una sonrisa se dibujó en el rostro de Marcel.- La fórmula de la inmortalidad es realizar obras que permanezcan en la memoria de la gente, hacer historia, ¿entiendes? Todo el mundo recuerda a Napoleón, por ejemplo.
Pasaron unos minutos en silencio, mientras las palabras de Marcel quedaban suspendidas en el aire y se desvanecían.
-Voy a dar el mayor concierto de piano de la historia.- afirmó Elliot con seguridad.-Por ahora, ¡disfruta de la lluvia!-y empezó a correr por enmedio de la calzada, giraba sobre sí mismo, saltaba eufórico.
-¡Estas loco! –le gritó Marcel al tiempo que estallaba en carcajadas al ver a su amigo parodiando a los bailarines de ballet.
-¡Lo sé! ¡Haré historia, Marcel, ya verás!-respondió Elliot. Aquella noche, al llegar a casa, no les importó que el sueño les venciera rápidamente.
Durante las semanas que siguieron a aquella noche de lluvia Elliot se encerró en el salón donde tenía su piano, solo abría la puerta cuando la paciencia de su estómago o vejiga llegaba al límite. Y siempre se oían notas, la música que salía de aquel salón era un ciclo sin principio ni fin. El tiempo no regía el tocar del pianista sobre el magnífico piano de cola, no atendía a amaneceres, mediodías o medianoches. Sin embargo el ritmo de la melodía sí dependía del tiempo: redondas, blancas, negras, corcheas, semicorcheas…, eran escupidas por la pluma de Elliot, salpicando un pentagrama tras otro.
Marcel se había marchado de casa de Elliot, le había dicho que no soportaba más su locura y obsesión por preparar el mejor concierto de piano de la historia. Elliot no le había contestado, absorto en sus partituras. Marcel le pidió que se relajara un poco, que no había prisa. Ante la indiferencia del pianista, Marcel se despidió diciéndole que le avisara cuando fuera a estrenar aquella obra.
El séptimo lunes después del inicio de aquel delirio artístico, Elliot amaneció con cara de loco. El pelo, más largo, lo llevaba revuelto sin orden ni concierto y algunos mechones grasientos le caían sobre la frente que precedía a una mirada cansada. Los párpados cansados, unos ojos rojos y negros, ojeras que proyectaban su sombra hasta los pómulos; unos labios secos y blanquecinos, rodeados de barba descuidada. Apenas llevaba una camiseta interior de tirantes blanca y unos pantalones de traje grises, descalzo, con sus calcetines granate.
-Ya está.-dijo con voz triunfante.
Se levantó dejando la partitura del concierto sobre el piano, “Piano concerto nº1 Opus 95” se leía de título. Fue hasta el baño, llenó la bañera de mármol blanco, con patas de oro de estilo barroco, con agua caliente. Tras darse un largo baño, se afeitó y se peinó el pelo. Vestido de nuevo con su ropa elegante y perfumado, se fue camino de Maxim’s para comer. Le esperaba una larga caminata. Pasando por el boulevard des Invalides, cruzando el río Sena, y rodeando la Plaza de la Concorde, llegó por fin al mítico restaurante. Envuelto en una atmósfera que le recordaba a la Belle Époque, comió solo.
Decidió improvisar una visita a la Ópera, así que se acercó al imponente edificio. A las siete de la tarde había una sesión de la Traviata y decidió comprar un pase para admirar la obra de Verdi. Dado que aún era pronto, ocupó el tiempo que le sobraba hasta la hora de la representación visitando a su productor en el boulevard des Italiens.
Hablaron del concierto. Elliot le convenció de que había preparado una magnífica partitura, le advirtió de que si no le organizaba aquel concierto, se arrepentiría cuando viese que el éxito lo compartía con otro productor que no fuese él. Así pues, fijaron una fecha muy precipitada, dentro de dos semanas. Sería una sola sesión, en la sala especial del teatro de l’Odéon. Satisfecho, se dirigió a la Ópera.
Casualmente, en la butaca al lado de la de Elliot, se sentó Dimitri.
-¡Vaya! ¿Qué haces tú aquí? ¿Ya has terminado el concierto?
-¡Qué casualidad! Pues la verdad es que sí, ya está.
-¿Cuándo estrenarás la obra?- se interesó Dimitri.
-En dos semanas amigo, sólo dos semanas.- respondió Elliot, emocionado.
Sopranos y tenores, arias que estremecían al pianista entre idas y venidas de Violeta y el amor de Alfredo, los protagonistas. A la salida se despidió de Dimitri, y rechazó una invitación a una fiesta con el resto del grupo en su casa aquella misma noche, ya que estaba cansado. Sin embargo, quedaron en que se reunirían la noche antes del concierto. Le mandó saludos para Henri y Marcel y emprendió la vuelta a casa.
Elliot se acomodó en los brazos de Morfeo hasta bien entrada la mañana del día siguiente. Volvía a su rutina basada en el paseo hasta Monceau y alguna fiesta por las noches. Los días que precedieron al concierto, el productor de Elliot se había encargado de hacerle buena publicidad. No fue de extrañar que en la fiesta a la que los bohemios asistieron en una sala de bailes de Montmartre, la noche antes del estreno, todo el mundo se acercase a Elliot, curiosos por el evento del día siguiente.
El sol se tomó la libertad de colarse en la habitación de Elliot e, incluso, de acercarse hasta su cama. Despertó así el pianista y tocó el piano hasta la hora de comer, repasó las partituras: todo en orden para el concierto que iba a dar aquella tarde.
Antes de dirigirse al teatro de l’Odéon, dio un paseo por el Barrio Latino, observando el bullicio de la gente en las terrazas de los cafés, la cola del cine, estudiantes que entraban a las acogedoras librerías… Aquella sensación de sentirse un mero observador de la vida parisiense, viendo juventud con prisas, madurez culta tras tazas de café, le distrajo. “Nos sentimos especiales, diferentes y únicos; sin embargo no soy nadie para aquel niño que corretea alrededor de su madre mientras pasean por la acera, ni para ese vendedor de periódicos, ¿qué tengo yo de especial? ¿Tengo que ponerme a tocar un piano justo aquí enmedio para llamar la atención de la gente y demostrar que yo haré historia porque soy mejor que los demás?”, pensó. Aquel bullicio tan cercano del que se sentía a kilómetros, le hizo pensar que no era el centro del mundo. No había nadie que le estuviese observando, o tal vez sí. Se sintió solo e inseguro. Cómo saber si su música iba a agradar, si era buena, si tocar el piano era lo único para lo que servía, si ese era el sentido de su vida. La relatividad de los grandes interrogantes del hombre le azotó, le bajó de las nubes. Aquella tarde iba a esforzarse en tocar lo mejor que pudiese, iba a ser humilde, iba a cuidar su ambicioso camino a la cima.
Elliot apareció sobre el escenario, sus pasos se hicieron eco ante el público en pie que le recibía. Sólo había un piano de ébano de cola a la derecha del escenario. El pesado telón granate estaba recogido a los laterales, enmarcando la escena. Inclinó el torso ante el público y se sentó en la banqueta frente al teclado. Estiró las falanges y acarició cada tecla. Las notas y los acordes, la armonía de la melodía, que empieza alegre y primaveral y se vuelve repentina e impredecible, más grave, como sombría. Como el delirio de un loco.
-¿Qué hace usted?- la voz de un hombre interrumpió. Elliot alzó la vista, incrédulo, sorprendido, irritado, y encontró a dos hombres junto al piano.
-¿Que qué hago? Estoy dando un concierto ¡bajen del escenario!
-¿Pero quién se cree que es usted para hablarle así a un gendarme?
-¿Qué? -Elliot estaba desconcertado, tenía al público expectante y a aquellos hombres allí interrumpiéndole y haciendo preguntas, la mente del pianista no entendía qué estaba ocurriendo.
-Está usted realizando un allanamiento de una propiedad del estado.- informó el primer hombre.
-Es un pobre loco…-le susurró, pero de forma perfectamente audible para Elliot, el segundo hombre al primero.
Como una estampida de elefantes irrumpiendo en una tienda de figuritas de cristal, como una pompa de jabón gigante estallando, como si en un silencioso desierto explotaran de repente millones de fuegos artificiales, aquella ilusión se rompió. Se rompió, desapareció, se desvaneció. Ya no había público, ni traje nuevo sobre el cuerpo de Elliot. El pobre se había quedado en estado de shock, su mente se había quedado suspendida en el vacío.
El telón recogido a los laterales de aquel escenario era, en realidad, el marco de una escena en que un hombre con apariencia de vagabundo se había inclinado ante unas gentes inexistentes, y se había sentado junto a un piano cubierto de polvo y telarañas. Elliot estaba en un teatro abandonado y en ruinas. Sí era cierto que le había arrancado a aquel teclado la maravillosa melodía, de hecho el sonido había llamado la atención de dos gendarmes que hacían guardia en la puerta principal. Los mismos que se llevaron a Elliot, el pobre pianista que fue a dar sus huesos en la celda de un hospital psiquiátrico. El mismo de cuyos labios no se volvió a oír salir una palabra. Solo escribió su nombre en un papel que le entregó a su psiquiatra, el médico que llevaría a partir de aquel momento su caso, su enfermedad. Aquella triste enfermedad que le había hecho ver a través de un filtro de riqueza e irrealidad, una vida que no había tenido lugar más lejos de su mente. ¿Dónde estaba el límite entre la realidad y la ficción? ¿Qué había ocurrido de verdad?
El doctor Léon, el psiquiatra que llevaba a Elliot, andaba perdido en el diagnóstico de su demencia. Podía ser neurodegenerativa, o un trastorno paranoide a raíz de una situación traumática, un trastorno orgánico en que alguna especie de tumor en el cerebro le impedía el funcionamiento normal… Léon trató de aplicar el reciente psicoanálisis de Freud en vano, pues Elliot no hablaba.
El caballero de Montparnasse, espíritu bohemio reflejado en sus amistades, el pensador profundo que quería hacer historia al volante de un piano de cola, se había convertido en un hombre de mirada vacía, un eslabón perdido por la cordura que se desató en su cabeza: un loco. Apenas se movía, no comía. Nadie podía saber que pensaba, si era consciente de lo que había ocurrido. Léon estaba convencido de que era un hombre desilusionado, aquella desilusión que le trajeron los dos gendarmes en aquel teatro. Un manto silencioso cubría ahora aquellas escenas de la fiesta parisina de la década de 1920.
Al cabo de poco tiempo murió, puede que de hambre, de tristeza, del tumor que le impedía ver la realidad, si es que había realmente algún tumor. Léon encontró entre sus pertenencias las partituras que en su día Elliot había preparado para el concierto, aquella melodía. Por curiosidad, mandó a un joven pianista que le interpretara aquella pieza y descubrió a un genio tras los pentagramas, sí que era un pianista, excelente compositor además. Se sintió mal, ¡el talento que se había perdido el mundo! Decidió investigar por su cuenta el pasado de aquel enfermo tan peculiar.
Buscó su nombre en el registro civil, se dirigió a la casa en Montparnasse. Lejos de una vivienda lujosa, se trataba de un edificio desocupado, sin techo, derruido, en un recóndito callejón de aquel barrio. Las puertas de los pisos abiertas, entró en el que pertenecía a Elliot. En el salón había la mitad de un piano astillado, vestigios de alfombras persas. Halló en el baño una bañera de mármol amarillento; una fuerte olor a bourbon le hizo echarse atrás, no sin tiempo de ver bichos negros corretear en el fondo de la bañera: cucarachas sucias cuyos pasos crepitantes dieron náuseas al visitante que tuvo que salir de la estancia -si es que alguien con los sentidos cuerdos podía estar en aquel asqueroso lugar y llamarlo estancia. No había más mueble ni decoración que parte de los cimientos caídos sobre el suelo del piso.
Más tarde, revolviendo entre los informes de los bombardeos durante la guerra, supo que una bomba había caído en aquel edificio en 1917. Un vagabundo que vagabundeaba junto al portal del edificio donde vivía Elliot le contó que aquella bomba irrumpió en el piso en mitad de una fiesta cuyo anfitrión había sido el mismo Elliot. “Estaban todos sus amigos y familiares en el salón, escuchándole interpretar la novena sinfonía de Ludwig van Beethoven, cuando la bomba atravesó el tejado y cayó allí en medio, pero no estalló en seguida. El pánico se apoderó de la gente, empezaron a empujarse para salir corriendo. Eran demasiados, el pelotón de gente empujó sin intención a Elliot que perdió el equilibrio y cayó por la ventana. La bomba estalló segundos después, murieron todos, incluso un chucho que se llamaba Quentin o algo así” le había contado entre sorbos a un cartón de vino, el vagabundo a Léon.
-¿Qué pasó con Elliot?- le preguntó.
-Le dio un nosequé en la cabeza, un coma creo.
-Claro, el coma le causó la demencia…-la mente de Léon encadenaba conceptos rápidamente.
-Sí bueno que al cabo de un año, tocado el fin de la guerra mundial, apareció por aquí. No le reconocí porque estaba muy descuidado y antes de la tragedia había sido un hombre rico, elegante, un caballero. En seguida me di cuenta de que estaba tarado, hablaba en voz alta y mandaba callar a Quentin por si molestaba a los vecinos. Un día le seguí en uno de sus paseos, ya ve usted que salía mucho a pasear, le seguí hasta Montmartre. Pobre tarado…hablando solo por la calle. Caminaba y se sentaba en algunos portales. Subió a una azotea deshabitada y bajó después de un rato. No sé, por la noche se venía aquí al suelo a beber conmigo. Hablaba poco.- contó, con indiferencia, el vagabundo. El vino volvió a descender por su garganta.
-¿Y de qué hablaban?
-¿Usted cree que me voy a acordar…? ¡Venga hombre mi vida es una cogorza continua!-el andrajoso rio estruendosamente. Léon no sabría decir que cosa se encontraba en peor estado, si el edificio en ruinas o la dentadura de aquel hombre.
-Que suerte haberle encontrado sobrio entonces.-apuntó, irónico, Léon.-Por cierto, ¿cómo se llama?
-¿Yo? Marcel.
-Encantado, soy Léon. Me ha sido de gran ayuda, tome y dese un baño en alguna pensión.- se despidió, al tiempo que le daba unas monedas.
-¿Que me dé un qué? ¡Buen whisky aguardes para esta noche, hígado mutilado!- se carcajeó el vagabundo volviendo a su rincón, llevándose consigo el pestilente olor, mezcla de vino, rata muerta, orín y sudor.
Si aquel hablar del vagabundo era cierto, las ideas de Léon se habían aclarado bastante. Decidió llevar las partituras de Elliot el loco al conservatorio de París, esperando que llegasen a ser interpretadas en un concierto real y que recibiesen así el reconocimiento que Elliot esperaba. Léon estaba seguro de estar haciendo lo correcto. Estaba seguro de que alguien como Elliot estaría de acuerdo en dar a conocer su obra: un genio solo puede llegar a ser genio si es ambicioso, y la gran ambición del hombre es dejar huella, sorprender, llegar a la cima.

María Gisbert

¿Y POR QUÉ UN SUEÑO?

Autor: Rafael Doménech Doménech
Fecha de entrega: 20/04/2012
Asignatura: Lengua y literatura
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El bosque de Elwianar se alzaba verde y renovado tras las últimas lluvias de
otoño. Las primeras flores empezaban a asomar sus bellos y alegres colores
que, aun siendo mínimos, se hacían de notar en la ya entrada primavera. El
bosque de los Señores Elfos era el nombre que los grandes historiadores de la
Gran Torre de los Magos le dieron a esta antigua y extensa masa forestal, y no
fue mera casualidad.
Hace miles de años, tras la Guerra de los Ancestros, los elfos, protectores de la
naturaleza y de todos los seres que en ella habitan, vieron como el fuego de los
enemigos de la vida, los demonios, calcinaba las grandes extensiones de masa
forestal que poblaba gran parte del mundo. El fuego, encendido por el mismo
Sulfurón, prendía a los fresnos y a los arces, los árboles sagrados de los elfos,
como si fuesen pólvora. Los Grandes Señores Elfos sacrificaron su
inmortalidad para conservar el último lugar en el mundo donde los arces y los
fresnos sagrados no fueron consumidos por las llamas de Sulfurón. Tras la
dura victoria, los reinos aliados que lucharon para proteger la vida en el mundo,
decidieron fundar una próspera ciudad en los límites de dicho bosque para así
poder proteger y preservar los árboles que tanto amaban sus amigos los elfos.
Allí estaba yo, apunto de adentrarme en el frondoso bosque con la intención de
llegar antes del mediodía a Tárbean, donde a las siete de la tarde tenía
audiencia con Elwinir, rey de los hombres.
Era la primera vez que tomaba el camino del Viejo Puente para llegar a la
ciudad, y la estrecha senda que tenía que seguir formaba siluetas alrededor de
los grandes árboles como si fuese una serpiente que se movía entre los
leñosos troncos. Los pájaros entonaban agudas y preciosas canciones para
amenizar la travesía del pasajero y los conejos y los alces dejaban atrás su
timidez y acompañaban a todo aquel que por aquel bosque anduviera, como si
de un cuento de hadas se tratara.
El sol ya estaba en lo alto del cielo cuando logré alcanzar el extremo opuesto
del bosque, y la pequeña y serpenteante senda se convirtió en una amplia
calzada empedrada a modo de calzada romana y al final de ella pude ver los
altos muros de la ciudad de Tárbean. A medida que avanzaba, mis ojos se
abrían para poder observar mejor los inmensos muros de piedra labrada de la
ciudad. Según había oído decir, los dibujos esculpidos en la roca
representaban la historia del mundo. Me fascinaron tanto que me quede
hipnotizado viéndolos y los minutos pasaron sin que yo me diese cuenta.
Mi fascinación terminó cuando un guardia de la ciudad, de aspecto un poco
tosco, de nariz puntiaguda y pelo desaliñado me agarró del hombro y con
malas palabras me dijo que abandonase la calzada, ya que un carruaje de su
majestad el rey Elwinir estaba apunto de entrar a la ciudad. Hasta que no oí el
nombre del monarca mi cerebro no reaccionó a las advertencias del guardia,
las cuales, sin oposición alguna, cumplí. Al instante, un carruaje tirado por
cuatro caballos se acercaba a la ciudad y pude diferenciar la bandera de la
casa real en él.
3
Los centinelas de la muralla, al ver el carruaje llegar, hicieron sonar las
cornetas que tenían colgando del cuello y entonaron una melodía cuyas notas
sabían de memoria. Al mismo instante en el que los centinelas hicieron sonar
las primeras notas, todo un escuadrón de soldados muy bien uniformados y
con grandes estandartes salió a las puertas de la ciudad y formó para recibir a
la hija de su majestad, la princesa Alexia, que venía de visitar a sus parientes
en el Reino de los Mares.
Mi mirada solo alcanzó ver un pequeño trozo de su rostro cuando el carruaje
pasó por delante de mis ojos, pero aún así, cómo decirlo… me pareció la mujer
más bella que nunca había visto. Desde aquel momento, mi objetivo fue llegar
lo más pronto posible al palacio real para así entrevistarme con el rey y
seguramente, poder ver mejor a la mujer que desde aquel instante abarcaría
todos mis sueños.
Crucé la puerta de la ciudad sin dificultad y tras sus muros se abría toda una
inmensa ciudad donde las casas parecían fusionarse con los miles de puestos
que los comerciantes ambulantes y locales tenían abiertos. Parece ser que ese
mismo día se celebraba en la ciudad una gran feria muy importante en la zona.
Me costaba entender cómo habría logrado el carruaje de la princesa cruzar
aquel mar de gente sudorosa y maloliente que intentaba comprar las mejores
gangas que pudiesen y a ser posible, vender lo máximo.
Intenté abrirme paso entre la multitud, pero no fue tarea fácil. Cansado de dar
empujones a derecha e izquierda, opté por adentrarme en una callejuela muy
estrecha y donde olía a orina. Me alcé la toga para que no rozase el maloliente
suelo y avancé muy rápidamente porque el deseo de ver a la princesa
debidamente corría mis entrañas.
Ya podía ver el final de la estrecha calle cuando de repente, una ventana se
abrió y una mujer de grandes proporciones lanzó un cubo de una substancia
que apestaba. No tuve más remedio que hacer uso de mi magia para proteger
a mis delicadas prendas de un ataque de putrefacción. La mujer quedó
boquiabierta al ver el resplandor que mi cayado emitía y fue tal la sorpresa que
cerró de golpe la gran ventana por la que se había asomado y el golpe fue tan
fuerte que parte de la fachada, que se encontraba en precarias condiciones se
vino abajo sobre mí. Otra vez, sin más remedio, tuve que hacer uso de mi
magia, pero esta vez, harto de tantos obstáculos que me había encontrado y
ansioso por llevar a cabo mi deseo, me teletrasnporté a la Gran Torre de los
Magos, que se encontraba en la Plaza Mayor, enfrente mismo del palacio real
Mi aparición cogió por sorpresa a los estudiantes de primer grado de magia, los
cuales, solo hacía unas semanas que se habían adentrado en el fascinante y
provechoso mundo de la magia. Pero esta no fue la única reacción que mi
aparición produjo. Al maestro Kaelonel no le fascino nada mi llegada.
-Buenas tardes señores, siento mi repentina visita -dije con tono
burlesco al ver las caras de los jóvenes aprendices.
4
-Maestro Magníficum, qué sorpresa más grata, ¿pero vuestra merced no
sabe que el uso de la magia para los teletransportes está reservada para
situaciones de extrema necesidad? –dijo el viejo maestro de magia de primer
grado.
-Siempre tan amistoso como viejo, amigo, los años parece que no le han
sentado muy bien –la sonrisa se me asomaba entre los labios, y en tono
chistoso le dije- ¡En vez de reñirme ven y saluda a tu más célebre aprendiz que
hace casi diez años que nos separamos!
Los aprendices empezaron a reírse a carcajadas cuando vieron que un recién
llegado del que nada sabían había hecho bromas a su profesor más
protocolario. Kaelonel lanzó una mirada asesina hacia sus aprendices y estos
cesaron sus risas al instante.
- No sé qué te habrá traído a esta nuestra escuela de magia, pero
espero que me lo cuentes por la amistad que entre nosotros hay –añadió el
viejo con curiosidad.
Kaelonel tenía ciento dos años de edad y era el menor de sus hermanos.
Vestía unas sandalias fabricadas con piel de dragón. Tenía unas fracciones
muy bien definidas y sobre su cuerpo, muy erguido, descansaba una toga que
le llegaba justamente hasta la altura del suelo, pero sin llegar a rozarlo, y sus
llamativos estampados denotaban que provenía de una gran estirpe elfa. De su
rostro colgaba una larga barba negra, muy bien cepillada y cuidada, recogida
con unos lazos de color morado. Los picos de sus puntiagudas orejas le
sobrepasaban la cabeza y una extensa y frondosa melena le llegaba hasta la
cintura. En su rostro, sin embargo, la edad ya empezaba a estar presente.
Algunas arrugas empezaban ya a asomarse y las expresiones de su rostro
estaban ya muy marcadas.
Kaelonel no era el profesor preferido de muchos alumnos debido a su fuerte
temperamento, no obstante, para mí es el más singular de todos. Fue mi
maestro durante el primer curso de magia y mis grandes progresos hicieron
que me ascendieran a mago de segundo grado antes de que acabase sus
lecciones. Esto no le gusto nada al pobre hombre y desde entonces me mira
con recelo. Kaelonel es un elfo de los bosques, descendiente de la Casa de
Palfalar, y como todos los elfos del bosque tiene un gran dominio sobre la
magia terrestre y blanca, nombre que recibe la magia que controla las plantas y
los árboles.
De muy buen grado le conté todo lo ocurrido y el hecho que provocó que yo
usase la magia para teletransportarme hasta la Torre, omitiendo lo de la
princesa por precaución. Le dije que el rey había concertado una visita para
hablar sobre mis grandes hazañas en el campo de batalla, pero sobre todo,
para notificarme una noticia. Le pregunté si él había oído decir algo a los otros
maestros o al Gran Maestro, pero dijo que no.
Sin más rodeos me despedí de Kaelonel y les hice una última broma a los
alumnos. Evitando ser visto por cualquier otro maestro abandoné la Torre y salí
a la Plaza Mayor. La plaza había cambiado muchísimo desde la última vez que
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la visité. Los grandes y hermosos árboles que recordaba habían desaparecido
dejando paso a las flores, flores que dibujaban en el suelo de la plaza perfectas
figuras geométricas a modo de puzzle y entre las cuales algunas fuentes que
emanaban agua fresca y cristalina se alzaban majestuosas entre el colorido
decorado.
Mientras observaba los cambios que se habían dado en la decoración de la
plaza más grande de todo el reino, el reloj de la Torre de los Magos dio las seis
y media. Apenas había comido unos trozos de pan que tenía en el zurrón
desde que salí de la posada donde había hecho noche, así que de pronto mis
tripas empezaron a rugir como leones enfurecidos. No tenía tiempo para visitar
una posada donde pudiese comer debidamente porque solo faltaba media hora
para la cita con el rey. Mi barriga demandaba comida y no dejaba a mi cerebro
pensar con claridad.
En medio de esa angustiosa sensación, vino un paje de su Majestad el rey. El
muchacho no tenía más de doce años pero su aspecto no decía lo mismo. Una
gran y espesa barba negra le ocupaba gran parte de la cara y restos de la
comida del día se alojaban en ella. Su pelo, piojoso y negro, parecía el propio
de un jabalí y su ceja le cruzaba de manera horizontal la frente. Sus ropajes
también dejaban mucho que desear, ya que ni el jubón que llevaba ni las
calzas estaban en condiciones propias de un paje de su majestad. Entonces
comprendí que se trataba de un mozo de los establos que el paje del rey envió
para hacerme saber que el rey ya estaba esperándome.
Le agradecí al mozo el recado y le dí unas monedas para que fuese a
arreglarse el pelo, dinero que perdí, ya que mientras me dirigía al palacio, por
el rabillo del ojo, vi como el mozo entraba a la taberna que estaba justo a la
entrada de la plaza.
Siguiendo el protocolo establecido, me presente ante los guardias que
custodiaban la puerta de entrada al palacio. La fachada del palacio no tenía
nada que envidiar a los labrados muros de la muralla, ya que en sus
abundantes columnas toda una serie de símbolos y siluetas estaban
esculpidos. No obstante, una vez entré en el interior, me llevé una gran
decepción.
Los tapices que hace unos años recordaba adornando las altas paredes del
recibidor habían desaparecido y junto a ellos las alfombras, los bustos, los
cuadros y las piezas de orfebrería. ¿Qué había pasado? Desconcertado
anduve en dirección al salón del trono donde el rey me estaba esperando.
Encontré la puerta de la sala abierta pero no logré ver al Elwinir. Después de
haber llamando tres veces a la puerta, según dictamina el protocolo, entré en la
sala y pude ver como el rey se encontraba en el interior observando con mirada
perdida, a través de una ventana, un hermoso patio interior donde los geranios
y las murcianas encontraron su paraíso. Lentamente, me acerqué a la ventana
y me situé al lado del rey, y en un tono muy dulce le dije:
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- Bonitos están los geranios, ¿verdad?
- Estas plantas y mi hija son lo único que me queda en esta vida –dijo
Elwinir con tono melancólico.
- Señor, no se el motivo por el cual su Majestad me ha hecho venir, pero
si tiene algo que ver con su estado de ánimo, estaré muy contento y dispuesto
en ayudarle.- añadí para ver si su mirada cambiaba.
El rey entonces volvió en sí y se disculpó ante mi por su comportamiento,
entonces, me felicitó por mis logros en el campo de batalla y cuando termino
los elogios dijo:
- Como habrás podido observar, gran parte de los objetos que hace
unos días decoraban las paredes, suelos y techos de mi palacio ya no están.
Los preciosos tapices bordados con hilo de plata y oro, los bustos de mis
antepasados, los cálices, cubiertos y platos de mi alacena… todo ha
desaparecido y ninguno de mis soldados no ha visto ni oído nada. Cuesta
imaginar que incluso me han robado la corona para las grandes celebraciones
y el cetro real. No he querido dar a conocer la noticia a nadie más porque temo
las consecuencias.
- Pero Majestad, ¡eso es imposibles! –añadí con sorpresa- ¿cómo puede
ser que en un palacio, donde hacen guardia cientos de soldados a la vez, no
hayan oído no visto nada? Me cuesta creer Majestad que algo así hubiese
podido tener lugar.
- ¿Insinúas, Magnificum, que esto no ha sido un hurto? ¿A caso las
pruebas no son evidentes?
- Pues si quiere que le diga la verdad, Majestad, me cuesta creer que le
roben en su propia casa habiendo tantos soldados de guardia.
- Dime pues Magnificum, ¿qué opinas?
- La verdad es que no lo sé a ciencia cierta. –Dije tocándome la barbilla
con la mano derecha- pero creo que solo puede ser obra de magia.
- ¿Magia?- repitió el rey sorprendido.
- Solo los poderes mágicos son capaces de hacer desaparecer todos
estos objetos en tan poco tiempo. Mire Majestad, si a usted le parece me
ofrezco voluntario para investigar el tema e intentar encontrar una solución.
- Su ofrecimiento es bien recibido y se agradece. Te has adelantado a
mis pensamientos…
Mientras el rey me dirigía la palabra, una mujer entró en la sala. Mis ojos no
pudieron evitar desviar la mirada hacia ella. Era la princesa. Llevaba un
precioso vestido de color blanco roto bordado con hilo de oro. La princesa iba
descalza y pude ver sus blancos pies, cuyo color resaltaba aún más gracias al
color del vestido. Su rostro estaba medio cubierto por un mechón de cabello
negro que le caía por la cara, pero aun así su inmensa belleza me deslumbró.
Sus mejillas, de color carmín, sus labios rojos y carnosos, su nariz, esbelta y
pequeña y sus ojos verdes. Todo ello hizo que mi pasión hacia ella aumentase
y que todo el mundo que me rodeaba quedase apartado de mi conciencia. Era
como si su cuerpo emanase luz, una luz que acabo cegándome por completo y
me dejo inconsciente…
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Cuando logré abrir los ojos, la luz aun no había desaparecido. Di vueltas sobre
la cama deseando volver al sueño del cual mi madre me había despertado.
Miré el despertador de la mesita de noche, las 7:05. Aun es pronto, pensé.
Pero en el mismo instante en el que la imagen de la bella princesa volvía a
aparecer en mi mente mi madre vino gritando:
-¡Despierta! ¡Hace quince minutos que te he despertado y aun no te has
levantado de la cama! Vamos que llegarás tarde al colegio.

Rafael Doménech

TESTIGO


Salía del trabajo a medianoche, como acostumbro a hacer rutinariamente, me dirigí a por el coche. Aquel día estaba algo más cansado que de normal, esa semana tuve que trabajar alguna que otra hora extra y el cuerpo ya no me aguantaba. De repente, la cabeza empezó a darme vueltas, me mareé  y estuve durante un tiempo, que desconozco cuanto, como dormido. Me despertó la lluvia que empezó a caer sobre el polígono que se situaba a las afueras de la ciudad. Me levanté lentamente con un fuerte mareo, no recordaba nada de lo que había sucedido. Estaba totalmente aturdido y no sabía dónde había dejado el coche, el agua empezó a empaparme de abajo a arriba y me dirigí en busca del coche. La poca luz que había en el polígono me hizo la tarea mucho más difícil de lo que había pensado, ya que muchas de las farolas apenas funcionaban. Por fin encontré el coche después de un largo rato en su busca. El agua ya me había calado todo el cuerpo y cogí del maletero la toalla, que solía usar para ir a la playa con mis amigos, para secarme lo más rápido posible antes de coger alguna pulmonía.

Decidí pasar la noche en la parte de atrás del coche porque conducir en el estado en el que me encontraba habría sido un peligro, además el mareo aún no se me  había pasado y ahora empezaba a sentir un fuerte dolor en la cabeza. Así que me dejé caer en los asientos traseros y antes de que me diera cuenta ya yacía profundamente dormido, ni el sonido de una bomba me hubiese despertado.

La luz del amanecer me obligó a abrir los ojos, recordé enseguida donde me encontraba y vi que alguien golpeaba el cristal del coche diciéndome que me despertara, me di cuenta de que aquel hombre era mi jefe. Aunque me encontraba peor que si tuviera la resaca del siglo, di un brinco y salí del coche disparado. El jefe me miró como si lo hiciera a un loco, pero cambió su gesto al descubrir en mi cabeza que llevaba sangre. Me preguntó que me había sucedido y le expliqué que no recordaba cómo me lo hice. Mi jefe me dijo que me llevaría a la ambulancia y me explicó que había habido un robo en la fábrica, dándome a entender que estaría despedido. Mientras me contaba todo esto nos dirigimos hacia la fábrica,  cuando nos acercábamos vi que había una multitud de policías y cada vez más. Primero mi jefe me llevó a la ambulancia que había junto a un coche de bomberos. Allí me curaron la herida que tenía en la cabeza y me pusieron grapas para poder cerrarla bien. Cuando ya me habían curado, me la vendaron entera de forma que no se me veía nada de pelo. Se me acercó uno de los de la policía bromeando sobre mi cabeza y no me hizo ninguna gracia, pero me hizo menos cuando sacó la placa y me explicó que era el inspector de policía y que me iba a interrogar.

Era un hombre bastante más mayor que yo, alrededor de los cincuenta años más o menos. Lo deduje por las canas que tenía por todo el cabello, lo tenía tan blanco que me atrevería a decir que ni un solo pelo de los que le quedaban fuera de otro color. El rostro lo tenía lleno de arrugas, sobre todo alrededor de los ojos cosa que le hacía parecer bastante más viejo. Tenía unas cejas pobladas que se unían por el entrecejo, también eran de color blanco como el resto del pelo. Los ojos me llamaron la atención ya que eran de un azul cielo que destacaba. Posiblemente en su juventud esos ojazos le habrían traído muchas alegrías, ligando, aunque la nariz gigante que tenía le afeaba y le hacía cara de persona muy seria y para poca broma, cosa que cuando me interrogó comprobé, me pareció antipático y poco agradable. Mientras me hablaba le observaba de arriba abajo con mucha atención y creo que me llegué a quedar paralizado mirando su bigote, que por cierto era enorme y me provocó gracia porque me recordaba a Mario Bros. Mientras me interrogaba el olor a tabaco que desprendía su ropa me llenó todo el cerebro, además tenía los dientes amarillentos y eso me hizo suponer que debía ser fumador. De hecho lo comprobé más delante de la entrevista cuando sacó el paquete de cigarrillos de su bolsillo y me invitó a uno, cosa que yo rechacé. El humo en la cara me molestaba muchísimo y estuve a punto de decirle que apagara el cigarro.

La verdad es que el hombre para fumar y tener la edad que aparentaba, se mantenía muy en forma, además era muy alto, parecía estar incluso fuerte y eso daba muestras de su profesionalidad.

Era muy observador y parecía que me examinaba con minuciosidad, comprobando cada detalle de mi cuerpo, de mi cara y de mi mente.  Tenía la sensación de que sabía lo que pensaba, parecía un asesino observando a sus víctimas y aprendiendo de ellas para cuando tuviera que cometer el crimen. 

La conversación fue avanzando y cada vez las preguntas eran más comprometidas y más extrañas, muchas parecían no tener ningún sentido pero las respondí con todos los detalles que pude y con la máxima sinceridad.

 Una vez acabadas las preguntas, concluyó en que a las horas en las que se produjo el robo yo ya había acabado mi turno de guardia, ya que pudieron verificar la hora con las cámaras del almacén. Esto me tranquilizó algo, ya que quizás mi jefe no me despediría con un poco de suerte. Volví en busca del jefe y me dijo que me marchara a casa y que descansase. El tema de si estaría despedido o no ya lo hablaríamos. Seguramente estaría de baja alguna semana y de hecho así sucedió, tres semanas me dieron para recuperarme. A veces sufría algún mareo pero nada del otro mundo, si me sucedía me acostaba y luego ya me encontraba como nuevo.

Ese tiempo me ayudó para ponerme al día, para ver como estaba la sociedad y qué sucedía en el mundo. Esto antes no lo podía hacer ya que siempre hacía vida nocturna y por el día dormía, parecía un vampiro, esa es la causa por la que no sabía de la actualidad. Solo sabía algo de la crisis ya que me afectaba directamente a mí, por culpa de esta y los cambios en la leyes laborales ahora tenía que trabajar más y cobrar menos, aunque para mí tampoco era un grave problema porque no tenía ninguna familia a la que mantener.

Ahora dormía por la noche y por el día me dedicaba a vivir la vida, pero los primeros días de ver noticias, periódicos,… me di cuenta que no solo era la crisis el problema del mundo, también se estaba produciendo un cambio climático, parecía que un meteorito podía caer en la Tierra en los próximos meses, las reservas de energía de todos los países se estaban acabando, el vandalismo, las guerras y el caos en el mundo iba creciendo, buena parte de Internet estaba controlada por intereses y la tercera guerra mundial, podría precipitarse. Me conciencié sobre muchos de estos temas y me afilié a una de las organizaciones ecologistas del momento “Verdes en acción” y al sindicato laboral “Nuestro trabajo”. Me hacía sentir mejor formar parte de colectivos que luchaban por la vida y la dignidad.

La segunda semana de reposo sufrí casi todos los días fuertes mareos, así que me la pasé casi siempre durmiendo, solo me levantaba para comer algo y para ir al aseo cuando lo necesitaba.

A final de semana estaba algo mejor y sin dudarlo salí a dar una vuelta para despejarme un poco, pero al llegar al portal de la comunidad de vecinos vi que un comunicado informaba que esos días habían fallecido siete vecinos. La noticia me conmocionó, aunque mi relación con ellos no había sido muy estrecha, ya que casi nunca había sabido de ellos debido a mi trabajo.

Me  sabía mal ir a preguntar al presidente de la comunidad porque uno de las muertes había sido la de su mujer, creí que sería mejor ir al ayuntamiento a informarme. La larga caminata me hizo sentirme mucho mejor, me sentía como nuevo. Llegué un buen rato después, en la puerta me encontré con el inspector de policía que me había interrogado el día del robo en la fábrica. Rápidamente le saludé y él con cara de pocos amigos me preguntó que me traía por allí. Le dije que iba a informarme sobre la muerte de mis vecinos. Él  me dijo que el pueblo estaba de luto durante una semana. Le pregunté qué había sucedido y él mirándome con cara de desconfianza y haciendo una pausa me dijo que habían sido asesinados, seguramente por un asesino en serie y lo peor de todo lo había hecho con una brutalidad desmesurada y torturándolos. Me sorprendí muchísimo y me di cuenta de la enorme suerte que había tenido ya que entrar aquellos días a mi casa mientras dormía habría sido muy fácil. Antes de que yo dijera nada el policía me dijo: - por lo que veo usted tiene mucha suerte últimamente.

Me miró a los ojos con una mirada fulminante y sin despedirse se marchó. Di una vuelta por el casco antiguo que hacía tiempo que no visitaba y comí en una bar que solía ir a menudo años atrás. Mientras comía y charlaba con el dueño del bar que era un viejo conocido mío, miraba de reojo las noticias que ese momento retransmitían por la televisión. Después de salir dos noticias seguidas relacionadas con la corrupción de algunos políticos, cosa que en aquellos tiempos ya no sorprendía a nadie. Salió una de última hora relacionada con el meteorito que impactaría sobre la Tierra. Decían con exactitud las horas del día y las latitudes en que caería. Nos miramos el uno al otro, el del bar y yo, todos los del bar se habían quedado paralizados. Si de aquella espantosa noticia que anunciaba el fin de la humanidad se podía sacar algo positivo era que el meteorito caería justamente en la otra parte del mundo. Esto quería decir que en Mallorca, donde vivía, había posibilidades de sobrevivir.  
         
Salí del bar lo más rápido que pude en busca de alguien que me pudiera informar, pensé que la organización ecologista a la que estaba afiliado me podría ayudar. Así que fui a la sede, pero antes cogí un taxi ya que esta se encontraba muy lejos de allí. Al llegar tuve la suerte de que se encontraban reunidos, me explicaron que solo quedaba un mes para el impacto del meteorito y que donde nos situábamos, teníamos posibilidades de salvarnos siempre y cuando nos metiéramos dentro de un refugio por si la onda  expansiva que causaría el meteorito llegaba hasta aquí.

Fue un mes muy duro, pero finalmente pudimos construir un refugio, como una especie de bunker situado debajo de la fábrica donde trabajaba. Lo cargamos de provisiones para dos semanas como mucho, aunque pensábamos que con eso sería más que suficiente. A todo esto, yo ya me había recuperado del todo de mis mareos y además me había podido quitar ya el vendaje que me cubría toda la cabeza. Vi con la ayuda de un espejo que aún se me podía ver el largo y profundo corte y la escena me produjo repelús aunque también algo de  gracia, ya que en esa parte ya no me crecía el pelo nunca más.

Llegó el día en que nos tuvimos que meter en la que iba a ser nuestra casa durante un tiempo. Antes de entrar miré el cielo, respiré aire puro y me pregunté si sería la última vez que lo podría hacer. El bunker no tenía un aforo de más de cincuenta personas, pero allí éramos más del doble aproximadamente. Una vez dentro aquello estaba muy oscuro y estábamos todos apretujados, menos mal que pusimos literas de hasta cuatro plantas para que al acostarnos estuviéramos más cómodos. 

Di una vuelta por los corredores del refugio, habíamos hecho una auténtica obra de arte, con cada paso que daba me impresionaba más de todo lo que habíamos sido capaces de construir en apenas un mes. Fui a ver si conocía a alguien, los pasillos estaban a rebosar de gente, habían familias enteras, parejas, ancianos y jóvenes, y otros no tan jóvenes que se encontraban solos. Muchos de ellos me dieron la impresión de que se me quedaban mirando cuando pasaba. Supuse que sería por el mal aspecto que presentaba mi cabeza, incluso llegué a pensar que a más de uno le habría causado miedo. El bunker no era un sitio agradable para estar, las paredes no tenían ningún color eran de acero, sólo transmitían soledad. No había nada de decoración, solamente lo justo y necesario para poder sobrevivir y estar más o menos cómodos durante supuestamente dos semanas. Ni siquiera había ventanas ni nada por lo que pudiéramos ver la luz del día, instalamos unas luces con tubos fluorescentes en los techos de todos los lugares de forma que en ningún momento nos quedáramos a oscuras. Los corredores comunicaban todas las habitaciones, donde se encontraban las literas y unos armarios donde la gente guardaba las maletas con poca ropa, algún recuerdo y mucha tristeza y sobre todo miedo. Además había una sala principal mucho más grande que el resto de las demás habitaciones donde nos podíamos reunir todos a la vez, de forma que sería nuestro punto de reunión y sería el sitio donde repartiríamos la comida y haríamos tareas comunes, eso nos haría sentirnos más reconfortados. Justo al lado se encontraba lo que parecía o pretendía ser una cocina, comunicada mediante una puerta, aunque más que una cocina era una enorme despensa donde estaba guardado todo el alimento que íbamos a necesitar. Los servicios se encontraban junto a los pasillos como si fueran otras habitaciones donde había lavabos y duchas muy primitivas pero suficientes.

 Al llegar a uno de los servicios me encontré con el conocido inspector de policía:

-Veo que ya estás aquí señor de la buena suerte, espero que nos des un poco a todos nosotros.

La verdad es que no me hizo gracia que me dijera eso ya que me hizo recordar todo lo del robo y los asesinatos de mis vecinos, lo que me estremeció.

Más tarde nos comunicaron por megafonía que nos reuniéramos en la sala principal para repartir la comida del primer día. Allí había una radio encendida, hacían el noticiario y escuché que en el exterior se estaba cociendo una  guerra entre las dos potencias mundiales, los Estados Unidos y sus aliados y, por otra parte, China y los suyos. La guerra tenía como finalidad hacerse con la Península Ibérica y el noroeste de África, ya que los países que se encontraban en estas zonas eran los que más probabilidades tenían de salvarse de la catástrofe.

La noticia, la verdad no me sorprendió, pero me produjo un gran malestar al pensar en todos los países pobres de América del sur, algunos de Asia y los de casi toda África porque estos no iban a tener las mismas oportunidades, simplemente por ser más pobres, simplemente por no tener suficiente armamento para competir en una guerra para sobrevivir.

Como había que ahorrar energía para las dos semanas, pararon la radio y ya no supe nada más hasta el día siguiente. Me encontraba muy cansado, sin darme cuenta había estado casi un mes sin parar por la construcción del refugio, me fui a la litera e intenté dormir. Al principio no podía, por mucho que cerrara los ojos continuaba sin descansar. Me sentía observado, como si alguien me espiara. Abrí los ojos y miré hacia todos los lados hasta que vi que el inspector de policía también estaba despierto y no dejaba de mirarme, parecía que me vigilaba. Hice como si no lo hubiera visto, finalmente me pude tranquilizar y casi sin darme cuenta conseguí dormirme.

Me desperté bruscamente cuando oí el chillido de una mujer, decía que habían matado a su hijo. Salté de mi litera al suelo, mientras mucha gente también se despertaba. Corrí a ver que sucedía, la mujer estaba en uno de los servicios llorando y arrodillada a los pies del cadáver de su hijo que estaba colgado del techo. Yo, junto a otros hombres descolgamos el cadáver y otros se quedaron consolando a la pobre mujer.

Luego fui a lavarme la cara a uno de los aseos, en el espejo observé que la herida de la cabeza aún seguía sin cicatrizar del todo. Me calmé, la imagen del niño ahorcado me había traumatizado y me había puesto la carne de gallina. Unos minutos después descubrieron que en otros servicios había más gente asesinada, pero esta vez yo no fui a descolgarlos, ya había tenido bastante con uno. Más tarde nos reunimos todos en la sala principal donde habló el inspector:

-Esta noche alguno de nosotros se ha dedicado a colgar en los servicios a veintisiete personas, el asesino  está entre nosotros o entre los muertos si es que luego se ha suicidado y no puede haber sido nadie del exterior ya que la puerta que da con la fábrica está blindada y es imposible de abrir sin la clave.

Mientras acababa de decir estas palabras, la gente empezó a mirarse, unos a otros, ya solo quedaban unas setenta personas pero aún así era muy difícil adivinar quién había sido el culpable. El bunker entró en un estado de desesperación y pánico contenido, todos querían hablar a la vez, unos chillaban, otros paralizados por el miedo, otros lloraban... 

Después de un rato discutiendo, intentamos resolver el problema, decidimos entre todos hacer guardias por la noche e ir haciendo turnos, cada día un grupo diferente de gente.

Mientras llegaba la hora para acostarse, en la cabeza se me repetía constantemente la imagen del niño ahorcado y me entraban ganas de vomitar, pensaba en quién podría haber cometido tal barbaridad, pero nada más mirar a toda la gente que había a mi alrededor pensé que era imposible que hubiera sido alguno de ellos. Ninguno tenía pinta ni cara de asesinar a nadie, todos parecían y seguramente serían gente normal pero alguien tenía que ser, la gente no se ahorca sola. No sé cómo, pero se puso en mi cabeza como principal sospechoso el inspector de policía que ya conocía anteriormente. Recordé que siempre que se había cometido últimamente un crimen estaba él. Ya sé que era su trabajo, pero aún así… Siempre era el primero en aparecer en la escena del crimen, lo sabía todo casi como si lo hubiera visto con sus propios ojos. Del robo en la fábrica tal vez no pueda tener motivos para culparlo, pero en el caso de las muertes de mis vecinos, él ese día no estaba de servicio cosa que supe más adelante y cuando me lo encontré ya lo sabía todo. Otra de las causas que lo convertían en mi principal sospechoso era que anoche fue el último en acostarse y esto le ponía bastantes galones para convertirlo en el culpable, aunque sin ninguna prueba real. Seguramente no eran nada más que imaginaciones mías, a partir de ese día me centré en observarle especialmente a él y a espiarle, pero no descubrí nada  raro en su comportamiento.

Cuando ya era tarde me acosté y ese día con más éxito que el anterior me dormí mucho más rápido, pero antes me aseguré de que se quedaría el grupo que le tocaba el segundo día a hacer la guardia.

Al día siguiente me despertaron unos golpecitos en la espalda, era el inspector. Me dijo a la oreja que sin hacer ruido le acompañara. En ese momento me entró mucho miedo pensé que me iba a matar. Bajé de la cama y me llevó hasta otras habitaciones, donde se repitió la situación del día anterior. Más muertes, esta vez habían sido degollados en sus camas y los que se encargaron de la guardia de esa noche también habían sido asesinados.  Le dije en voz baja:

- ¿Tiene idea de quién puede ser el asesino?

- La verdad es que no, he intentado descubrir quién puede haber sido pero de momento no lo he conseguido. Es muy difícil adivinar quién es el culpable, nadie tiene el perfil de un asesino, si te digo la verdad no tengo ni un solo sospechoso.

- Bueno yo también he intentado por mi cuenta atar cabos para intentar hacerme con él, pero de momento nada. Eh, ¿qué hacía usted despierto?

- Me he desvelado al oír un ruido cerca de mi litera, pero cuando me he levantado ya estaba todo en orden. Sin embargo, ya estaban los muertos en la habitación de al lado.

- ¿Está seguro de que estaba dormido?

- Sí, claro. ¿Por qué no iba a estarlo?

- ¿Y entonces se ha levantado y ha dado una vuelta a ver si estaba todo con normalidad?

- Sí, así es. Al comprobar que no era así, he ido a despertarte para que lo vieras.

- ¿Y por qué a mí? Ni que yo fuera un policía como usted…

- Pues porque ya te conocía de antes y seguramente seas el único con el que tengo algo de confianza.

- El otro día le vi despierto hasta muy tarde, ¿qué hacía?

- Ya basta de preguntas, esto parece un interrogatorio y para tu información aquí el policía soy yo. Si te digo la verdad antes te he mentido, no tengo pruebas pero si tengo algún sospechoso, ese eres tú.

Me quedé con la boca abierta y muy sorprendido. Terminó rematando:

-Últimamente hemos coincidido demasiado, me apareces hasta en la sopa… Lo mejor será que avisemos de lo que ha sucedido o que nos acostemos, no sea que se despierte alguien, nos vea y piense que nosotros hemos cometidos los crímenes.

Mientras me decía esto último me miró con cara amenazante, con los ojos casi a punto de salírsele, medio desorbitados y con la vena del cuello tan hinchada que parecía que fuera a reventar. Yo asentí con la cabeza, como un niño al que su padre le acaba de reñir y sin decir nada, aunque en el fondo seguía pensando en mi sospechoso, él.

Nos reunimos de nuevo, todos nos mirábamos como si cualquiera de nosotros fuera el asesino y como si solo con mirarlo fuéramos capaces de adivinar quién era. Aquella noche había muerto casi el doble de gente que la anterior y ya solo quedábamos no más de cuarenta personas.

Luego fui a recoger la ración diaria de comida y aproveché para intentar robar un cuchillo o algo con lo que pudiera defenderme si mientras dormía alguien intentaba matarme. Lo conseguí, robé un cuchillo de los que se usan para cortar jamón que encontré en una de las despensas y me fui a la cama para guardarlo debajo de la almohada. Enseguida volví para comer y escuchar la radio, los datos que daba el noticiario eran realmente alarmantes, millones de muertos en ambos bandos y habían rumores de unas bombas nucleares que podrían caer en La Casa Blanca, otra en Nueva York y una tercera en Pekín. Las noticias cada hora que pasaba eran peores, más y más muertos. Finalmente, desconectaron la radio y un profundo malestar envolvía la sala y los rostros de los que allí quedábamos.

Al refugiarme en la cama lo primero que hice fue buscar el cuchillo, cuando lo cogí, sentí como tranquilidad, una sensación de protección que me reconfortaba y me relajaba. Me acurruqué y me tapé con todas las mantas que pude, luego me las subí hasta más arriba del cuello como si fuera un niño pequeño que se esconde de un monstruo que le va a visitar por la noche.

Sería alrededor del mediodía cuando desperté, me sentía extraño, parecía que aquella noche no había pasado nada, la gente se sentía rara, parecía que ya se habían acostumbrado a que al levantarse se encontraran a algún muerto. La muerte estaba demasiado presente dentro y fuera del bunker. La esperanza de salir con vida era cada vez más remota.

Comí poco y rápido, mi estado de ánimo estaba bajo y como había hecho los días anteriores estuve atento a la retransmisión de la radio. Aquel día me enteré de que el control de la zona, donde más posibilidades habían de salvarse del meteorito, lo tenían los estadounidenses, los aeropuertos los tenían bajo vigilancia y las fronteras bloqueadas. Por lo visto el objetivo del gobierno americano era ir llevando, con un plan de evacuación, a todos sus habitantes hasta los lugares protegidos, por otra parte los chinos querían destruir los aeropuertos de América con aviones “caza”. La última cifra de muertos no la recuerdo pero recuerdo que dijeron que tres cuartas partes de la población china habían muerto en dos días y de la americana la mitad. No supe más de noticias del exterior en la estada en el bunker, ya que los de la radio se despidieron diciendo que era la última retransmisión que harían  porque el meteorito estaba previsto que cayera en tres días.

Cuando acabamos de comer el inspector vino a buscarme  y me informó que habían desaparecido tres familias, no las habían visto en todo el día. Le dije que le ayudaría a buscarlas pero que no sería muy difícil, ya que el refugio no era demasiado grande.

Nos pasamos toda la tarde buscando, empezamos por las habitaciones, volvimos a mirar en la sala principal, en los servicios, pero nada, no los encontrábamos. Finalmente la desesperación nos llevó a buscar en el cuarto donde habíamos apelotonado los cadáveres de los dos días anteriores. Al abrir ya nos imaginábamos lo que encantaríamos, estaban las tres familias allí metidas. Estaban todos los miembros muertos pero ninguno presentaba indicios de violencia.

Los dos avisamos por megafonía del suceso y nos reunimos en la sala principal, ya solo quedábamos quince personas, casi un centenar de muertos en tres días dentro de aquel infierno. Lo que para muchos suponía que iba a ser la salvación les llevó a la muerte y por lo que parecía el asesino debía de ser una de las quince personas que tenía delante de mí. Estuvimos hablando y algunos se planteaban abandonar el refugio, parecía que nadie se atrevía a pasar ni una noche más allí dentro, pero para tranquilizar los ánimos dije que el destino que les podría esperar fuera sería mucho peor y además  aquella noche aunque no me tocaba a mi hacer el turno de vigilancia lo haría yo aunque fuera solo, ya que nadie se atrevía porque los que estuvieron las dos noches pasadas murieron todos.

            Luego se acostaron todos en sus camas que ahora habían puesto en la sala principal para poder estar todos los que quedábamos lo más juntos posible. Tenía miedo, pero aun tenía más valor, así que hice la guardia de toda la noche y no dormí ni un segundo, aunque algo en el interior me incitaba a que lo hiciese. La cuarta noche no sucedió nada, ni ningún muerto ni ningún desaparecido, incluso vino el inspector que aún seguía vivo a felicitarme y con tono serio me dijo que daba suerte de verdad y que lo sentía si me había ofendido otras veces. Le dije que no pasaba nada que solo había sido una casualidad, pero que había que plantar la oreja porque lo más probable era que el asesino seguiría allí y dudaba mucho que hubiera acabado con su propia vida.

            Aquel día conocí más personalmente todos los miembros del bunker, no les interrogué ni nada por el estilo, pero me pareció que ninguno de ellos podía ser el asesino. Recordé entonces que el inspector era mi principal sospechoso y no había ninguna causa para que no lo fuera, además aquella noche se ofreció él como voluntario para hacer la guardia. Lo que hice fue buscar una cámara para grabar lo que sucedería, no encontré ninguna por más que la busqué y entonces lo que hice fue utilizar la del móvil. La coloqué de forma que no se pudiera ver y haciendo que grabara el mayor ángulo posible de la habitación. Los que estábamos allí no éramos creyentes, aunque rezamos  no sé a quien  a ver si el destino nos era favorable como el día anterior.

Intenté mantenerme todo el tiempo que pude despierto, pero finalmente el cansancio me venció y caí en un profundo sueño. Al levantarme observé que todo el lugar se hallaba en una inmensa tranquilidad como si  estuviera solo allí dentro.

Me levanté  y al hacerlo pisé algo, me di cuenta de que era un brazo de alguien que se encontraba debajo de mi cama. Vi quien era y era el inspector, lo saqué arrastrándolo por el suelo y dejando un rastro de sangre. Le encontré el pulso, aún estaba vivo, le hablé pero no me respondió. Llamé a los demás, pero los otros estaban demasiados agotados como para ayudarme, llegaron tarde, el inspector murió intentando decirme algo que no conseguí entender.

Luego sin que nadie me viera fui a ver mi grabación, lo que observé me dejó atónito, no lo podía creer, mis ojos se llenaron de espanto al ver que era yo el que  anoche se levantó y sin hacer ruido asesinó al inspector y lo escondió debajo de mi cama. No recordaba nada, no podía ser yo aquel hombre, debía ser alguien con mi mismo cuerpo pero yo no podía haber sido. Era imposible, había pasado toda la noche durmiendo, también entonces sería yo el causante de todas las muertes de los días anteriores.

Me parecía imposible lo que veían mis ojos. Lo primero que hice fue ir a  borrar el video para que nadie lo pudiera ver, ya que si lo hacían me matarían, pero después de haber estado utilizándolo durante un rato se me quedó sin batería. Así que después de haber visto el video tantas veces que no recuerdo cuantas y luego de haberlo dejado a cargar, fui a comer como si no pasara nada e intenté actuar con total normalidad porque realmente yo no había sido consciente de mis asesinatos. Alguien me manipulaba o me controlaba mientras dormía, yo no querría haber matado a nadie nunca, no tenía motivos para hacerlo y menos valor para con mis propias manos acabar con la vida de alguien. 

No encontré nada entre las provisiones que consiguiera el efecto que deseaba, no dormir, ninguna pastilla ni alguna especie de medicamento que pudiera hacer servir como somnífero, así que me armaría de fuerza para no cerrar lo ojos ni un segundo en lo que restaba de la estancia en el bunker. Estaba muy asustado de mi mismo, era un asesino sin darme cuenta, como si tuviera doble vida. Me puse más nervioso cuando vi que no encontraba el móvil por ninguna parte. Lo busqué y lo rebusqué, pero nada. Luego también por la sala principal y lo que encontré, me paralizó por un instante, me dio tanto miedo que me fui corriendo a esconderme. En la sala había visto a los que quedaban vivos viendo en mi móvil el video y sabía que enseguida vendrían a buscarme para matarme, así que me refugié en la cocina y cogí un cuchillo.

En pocos minutos ya me buscaban por todo el bunker y tarde o temprano me encontrarían. Tenía tres  opciones, entregarme y que me matasen, suicidarme o matarlos yo a la decena de personas que quedaban, cosa que no sería demasiado difícil ya que los que quedaban eran cuatro mujeres, tres ancianos y los otros tres serían niños de unos diez  años. El miedo a morir me hizo descartar las dos primeras opciones, aunque que yo recordara nunca había matado a nadie ahora lo tendría que hacer y esperaba que mi habilidad que desconocía me sirviera para hacerlo esta vez.

Los fui matando poco a poco ya que se habían separado en pequeños grupos para buscarme y no me resultó difícil porque los sorprendí de forma que no les diera tiempo a reaccionar. Ya solo quedaba yo dentro del refugio. Me puse a llorar de lo que había hecho, tenía tanto miedo de mi mismo, pero a la vez tenía el mismo para acabar con mi vida. Decidí pasar los días que quedaban para que cayera el meteorito, dentro del bunker para salvarme y luego cuando pudiera salir tal vez me pensaría si me entregaría a la policía.

El tiempo que pasé allí dentro fue muy duro de soportar, no dormí ya que pensaba que si lo hacía, podría salir y continuar haciendo atrocidades. Reflexioné de todo lo que había pasado en el último mes, recordé todo lo sucedido en el robo en la fábrica, los asesinatos de mis vecinos y los del bunker. Me pregunté si habría sido yo el causante de todo aquello.

Los días se hacían interminables y parecía que no sucedía nada, absolutamente nada. Al pasar una semana aproximadamente, o eso pensaba yo, decidí encender la radio a ver las noticias del exterior  y comprobé que no iba, pero la radio cogía señal y eso probablemente quería decir que retransmitirían en breve. Finalmente perdí la noción del tiempo, y muy lentamente me dormía con la radio encendida escuchando de fondo que el meteorito se había desviado de su trayectoria y no impactaría en la Tierra. Empezaron a decir cifras de los muertos en la guerra que  nadie había conseguido ganar y en la que había muerto muchísima gente. Entonces recordé que todos los países pobres se habían salvado y se me dibujó una sonrisa en la cara. No lo pude evitar y caí rendido en un profundo sueño.

Cuando desperté me encontraba en un coche, la luz del amanecer me había hecho abrir los ojos. Había sido todo un sueño, el alivio que me dio fue muy tranquilizante, nunca había sentido algo tan real. Dirigí mi mirada en todas las direcciones y comprobé que alguien golpeaba el cristal de mi coche diciéndome que me despertara, era mi jefe.

PAU AGULLÓ